El general Berger había recibido el Nŏx’Zhul de manos de un soldado, que lo había sustraído a un cosaco durante el ataque a un puerto prusiano a orillas del Mar Báltico, antes de que este iniciara la huida sin ofrecer resistencia.
Aquel libro lo inquietó desde el comienzo. En cada dibujo y en cada palabra, había un mensaje críptico que desentrañar.
De niño, Jean Bapthiste había estudiado música en su casa de Besançon, tocando el viejo piano familiar. Motivado por el deseo de ennoblecer su formación, se preparaba como digno aspirante a la escuela militar.
Aquel piano, que había quedado mudo desde la muerte de una tía, recuperó su voz en el niño inquieto.
A los once años dominaba la teoría musical y el solfeo. Podría haber sido un músico virtuoso, pero su vocación lo llevó a las armas.
Su padre, maestro herrero de la artillería de campaña, y su madre, institutriz retirada, velaron por ofrecerle una educación distinguida.
Besançon, en la región de Franco Condado, con su aire rural, noble y austero, era una ciudad con tradición militar y académica. Allí, los niños desde pequeños desarrollaban la ambición de servir a Napoleón. Y los padres de Jean se afanaban en ayudarlo a cumplir su propósito.
A los trece años fue admitido como cadete en la École d’Artillerie de Besançon, donde se destacó por su disciplina y su oído musical.
Durante la adolescencia, se lucía interpretando marchas y canciones nacionalistas, destinadas a mantener el entusiasmo de las tropas en maniobras.
En su juventud, brillaba en las reuniones de camaradería del círculo militar, y llegó a interpretar Rêverie de l’Empire delante del Emperador. Napoleón se acercó en silencio a escucharlo, y luego lo elogió por su nobleza interpretativa.
Ese conocimiento de la teoría musical fue la llave.
Anael —esa fuerza capaz de aplastar a mil ejércitos— había nacido de un juego concebido para resolver un problema musical.
Esa fue la primera clave para comprender el contexto.
El lenguaje se explicaba en el mismo libro: no era una lengua común, no se articulaba solo por palabras, sino que era un sistema triple, compuesto por una fonética que debía expresarse con cadencia melódica y una carga emocional.
La palabra. La melodía. La emoción.
Si faltaba uno de estos tres elementos, el contenido del Nŏx’Zhul carecía de sentido y de poder.
Braulio y Juan Simón, al pie de la escalera, observaban la puerta cerrada del cuarto de su padre. De algún modo, intuyeron que algo se gestaba detrás de ese encierro. Sintieron el desamparo y lloraron. Luego lo llamaron a gritos. Luego tuvieron hambre. Buscaron algo para comer. Y dejaron pasar las horas hasta que se durmieron.
Muchos años después, mientras marchaban hacia el sur de una lejana tierra llamada Argentina, portando el Nŏx’Zhul, rescataron la memoria de su padre solo para comprender que no fue un villano, sino un idealista roto; un hombre que amó demasiado una idea. Un militar enamorado de un Emperador muerto y de una Francia que ya no existía.
Jean Bapthiste Berger, creyó que podría comprender y dominar aquella obra, como había hecho con los cañones de la Grande Armée.
Pero el libro no respondía a un control militar y él no deseaba fundar un imperio. Solo deseaba reparación y sentido.
La última tarde de cordura, todo se precipitó en Santa Jarque de la Peña. Jean Bapthiste pronunció las últimas palabras e inició un camino del que ya no había retorno.
Y entonces, la noche se llenó de aullidos.
Primero fueron los perros.
Luego, los hombres.
Luego, la tierra misma.
Tendido en el piso de aquel cuarto donde había pasado encerrado sus últimos años, descalabrado en cuerpo y alma, ese despojo que alguna vez fue el noble general escuchó la voz del capitán Florián Aguirre:
—Mi general, debemos aplicar el protocolo de erradicación. Tenemos que impedir que la plaga se propague al resto del territorio.
—Proceda —replicó de inmediato el militar.
—Mi general, según la ley marcial debemos aplicar medidas drásticas. Sin embargo, no podemos proceder contra un oficial de tan alto rango. Es más que un mandato. Es un acto de honor. Debe marcharse. Mis hombres lo ayudarán en su traslado.
—Estoy enfermo —dijo con voz de moribundo—. Donde quiera que vaya, la muerte irá conmigo.
Florián dispuso una carreta y reunieron en ella algunas de sus pertenencias. El general ordenó que no se lo despojara del grueso libro en cuya tapa resaltaba el título Nŏx’Zhul.
La fiebre lo consumía. Cargaron junto con él a sus hijos, y los condujeron hasta el puerto de Cartagena, donde más tarde los depositaron en una fragata que partía para Sudamérica.
La tropa contempló una vez más el escenario de la destrucción.
Desplegaron sus fuerzas y se prepararon para aplicar el protocolo de erradicación.
A lo lejos, divisaron la nube de polvo levantada por una carreta que se aproximaba al lugar.