1844. Jean Baphtiste Berger.
La memoria los llevó al pasado, treinta años antes, cuando, siendo jóvenes oficiales, mantuvieron el primer encuentro.
Las imágenes aparecieron en sus mentes como el fulgor de los relámpagos: fuego, devastación, muerte.
Florián Aguirre, al frente de la acción, recordó la mañana en que el grupo ingresó en Santa Jarque de la Peña, una aldea encajada entre riscos, para socorrer a la población diezmada por una extraña serie de sucesos catastróficos.
Un médico francés, algunos curadores y varios voluntarios bajaron desde Aledo, siguiendo un camino de piedra que nadie recorría desde la peste del 37.
Aquella aldea, a tres jornadas de Totana, estaba enclavada en las laderas ásperas de la Sierra Espuña: una zona agreste y deshabitada, vinculada a antiguos monasterios y caminos olvidados.
Florián y Yussuf eran capitanes asignados a la guarnición del Regimiento de Infantería Ligera de Murcia y, meses antes, habían sido designados por el capitán general José Antonio Letamendi como capitanes de zona en los alrededores de Totana, Lorca y Aledo.
Las noticias habían llegado de a poco: un vendedor de telas que transportaba su mercancía pasó por el lugar cuando fue atacado por una horda fuera de control.
Después, un campesino relató cómo una plaga de langostas se abatió sobre sus cultivos: almendros, olivos y viñas fueron reducidos a un ramaje seco y retorcido.
Las cabras y las mulas comenzaron a actuar como enfermas de rabia.
Algunos, aterrados, observaron que todas las especies tenían los ojos fulgurantes, como carbones encendidos que destellaban en la oscuridad.
Se hablaba de un sacerdote carlista, que recorría las calles de piedra a lomo de mula, desgreñado y harapiento, consagrado a declamar su lealtad por Don Carlos, la monarquía, la iglesia y la nobleza rural. También de desertores e insurrección encubierta.
Finalmente, el verde se trocó en gris. Al atardecer, un sol rojo caía detrás de las montañas, cediendo paso a la noche. Las estrellas, allá arriba, parecían hacer descender un eco de carcajadas.
Los murmullos crecieron, transformándose en un pánico palpable. Las pestes, los disturbios, la brujería: todo se mezclaba en una atmósfera irrespirable. El Regimiento de Infantería Ligera de Murcia, ante la magnitud del caos, envió expediciones quirúrgicas con oficiales leales y preparados.
Cuando Florián y sus soldados ingresaron al poblado, escoltando a los civiles y recorriendo el monstruoso escenario, comprobaron que la destrucción era total, y el caos reinante superaba todo lo imaginable. Los hombres sintieron un escalofrío.
Las calles estaban sembradas de cadáveres y moribundos; los insectos, como nubarrones, cercaban el paisaje, ennegreciéndolo todo.
Las aves de rapiña devoraban los cuerpos; el hedor era insoportable, y algunos sobrevivientes deambulaban pesadamente, balbuceando a causa de la fiebre.
El fuego se extendía por todas partes. Inmediatamente, los hombres comprendieron que aquel horror no podía contenerse de ningún modo.
Florián, hondamente alterado por la barbarie, decidió aplicar el protocolo de erradicación: debían cercar lo poco que quedaba de la población maltrecha y exterminarla. Después, destruir Santa Jarque de la Peña por completo.
El grupo avanzó por las calles, Florián al frente, Yussuf Zahid detrás, y el resto de los soldados junto a la aterrada comitiva.
A pocos metros, medio asomados detrás de una puerta, uno de los hombres alcanzó a divisar a dos niños.
Yussuf se acercó a ellos con cautela.
—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó a uno de ellos, serenamente.
—Juan Simón Berger —respondió el niño, tembloroso.
—¿Qué es lo que pasó aquí? —inquirió Florián, desesperado.
El niño bajó la cabeza y comenzó a llorar. El otro permaneció en silencio.
El resto de los soldados inspeccionó el lugar.
Detrás de una puerta, el cuerpo de un hombre yacía tendido en el suelo.
—¡Identificación! —gritó el herido, con la voz quebrada al ver el uniforme militar.
—¡Soldado Juan Murúa! Regimiento de Infantería Ligera de Murcia, bajo el mando del capitán Florián Aguirre, señor. ¿Puede confirmar su identidad, señor?
—Soy el general Jean Bapthiste Berger —exclamó el moribundo—. Exiliado de Francia, antiguo coronel de la Grande Armée de Napoleón Bonaparte, ascendido a general tras la guerra, y encomendado al ejército regular español como asesor militar —dijo con una voz débil, entrecortada por la tos—. Condenado a morir… donde ya nadie recuerde mi nombre —murmuró después.
—¡Mi general! —exclamó el soldado, reverenciándolo con la venia.
El resto del grupo rodeó al hombre.
***
Florián se acercó, decidido. En aquel despojo, reconoció al majestuoso militar francés que, diecisiete años antes, había llegado al Regimiento de Infantería siendo recibido con toda pompa por la fanfarria, y del que se había hablado en todo Murcia durante semanas.
En el momento del arribo tenía 42 años. Había sido capitán de la División Sébastiani, integrada al IV Cuerpo de la Grande Armée que cruzó Prusia en dirección a Rusia en 1812.
Después de aquella derrota, que arrastró la caída de Napoleón, deambuló por Europa sin patria, pero con la dignidad de haber participado de una épica que buscó engrandecer a Francia hasta los confines del mundo.
En su corazón estaba enclavado el recuerdo del Emperador.
Soñaba con poder servirle en la situación en que se hallara: cárcel o destierro.
No hay peor pobreza que la de un emperador en la ruina, reflexionaba con amargura. Porque hasta sobrevivir parece indigno.
José Antonio Letamendi era el joven capitán general del Regimiento de infantería ligera de Murcia.
Con 35 años, había cumplido el sueño de hallar a Jean Bapthiste y sumarlo a su batallón.
Siendo apenas un cadete, durante los años de las guerras napoleónicas, había escuchado mentas del majestuoso general Berger, considerado un héroe, célebre por sus maniobras en toda Europa.
Todos querían ser como él.
El que dijera que sabía disparar con niebla, o hablaba de carga rápida en retirada. Lo citaba.
El manual militar que circulaba por los altos mandos lo dejó fascinado por su precisión táctica. Letamendi supo que con él se formarían generaciones de soldados.
Aquel joven militar sentía por él tanta pasión que se propuso hallarlo para limpiar su nombre, asociado a una vieja leyenda oscura.
Circulaba la versión de que Berger había desaparecido tras la caída de Napoleón, con un libro antiguo que sus hombres habían robado a un grupo de lituanos que partían al exilio.
A principios de 1827 logró localizarlo en los Pirineos, en la región de Huesca: aislado, un poco demacrado, pero con ganas de comunicarse y salir adelante del ostracismo al que lo había empujado la Revolución Francesa.
En esos años, se dedicaba a leer a la luz de las velas, y escribía cartas mediante las cuales se comunicaba con altos militares de toda Europa.
Letamendi envió un emisario para ofrecerle un cargo de asesoramiento militar que incluía: instrucción de infantería ligera y estrategias napoleónicas, redacción de manuales de disciplina, consultoría en fortificaciones, clases en la escuela de suboficiales, y asistencia al gobierno civil y militar en defensa local.
En una extensa misiva, le manifestó su admiración profunda, y le adjuntó como obsequio una caja de música donde sonaba el «Chant du départ», la sobria, imperial y profética canción que Napoleón consideraba superior a «La Marseillaise».
Jean Berger, honrado por la propuesta, partió hacia su destino.
Se embarcó desde Marsella hacia el puerto de Cartagena, donde lo esperaba la calesa oficial escoltada por dos jinetes.
Al llegar a Murcia, se lo condujo a una vivienda para mandos militares, ubicada junto al río Segura, al sudeste de la ciudad.
Por las mañanas se dirigía al cuartel, inspeccionaba el patio de armas, daba instrucción táctica a los cadetes y redactaba informes.
Al mediodía almorzaba con los oficiales y luego daba clases en el aula.
Al atardecer, se retiraba a su estudio… y comenzaba su aislamiento.
Se perdía en las páginas de un oscuro libro cuya tapa de cuero llevaba el extraño nombre: Nŏx’Zhul.










