Florián se acercó, decidido. En aquel despojo, reconoció al majestuoso militar francés que, diecisiete años antes, había llegado al Regimiento de Infantería siendo recibido con toda pompa por la fanfarria y del que se había hablado en todo Murcia durante semanas.
En el momento del arribo tenía 42 años. Había sido capitán de la División Sébastiani, integrada al IV Cuerpo de la Grande Armée que cruzó Prusia en dirección a Rusia en 1812.
Después de aquella derrota, que arrastró la caída de Napoleón, deambuló por Europa sin patria, pero con la dignidad de haber participado de una épica que buscó engrandecer a Francia hasta los confines del mundo.
En su corazón estaba enclavado el recuerdo del Emperador.
Soñaba con poder servirle en la situación en que se hallara: cárcel o destierro.
No hay peor pobreza que la de un emperador en la ruina, reflexionaba con amargura. Porque hasta sobrevivir parece indigno.
José Antonio Letamendi era el joven capitán general del Regimiento de infantería ligera de Murcia.
Con 35 años, había cumplido el sueño de hallar a Jean Bapthiste y sumarlo a su batallón.
Siendo apenas un cadete, durante los años de las guerras napoleónicas, había escuchado mentas del majestuoso general Berger, considerado un héroe, célebre por sus maniobras en toda Europa.
Todos querían ser como él.
El que dijera que sabía disparar con niebla, o hablaba de carga rápida en retirada. Lo citaba.
El manual militar que circulaba por los altos mandos lo dejó fascinado por su precisión táctica. Letamendi supo que con él se formarían generaciones de soldados.
Aquel joven militar sentía por él tanta pasión que se propuso hallarlo para limpiar su nombre, asociado a una vieja leyenda oscura.
Circulaba la versión de que Berger había desaparecido tras la caída de Napoleón, con un libro antiguo que sus hombres habían robado a un grupo de lituanos que partían al exilio.
A principios de 1827 logró localizarlo en los Pirineos, en la región de Huesca: aislado, un poco demacrado, pero con ganas de comunicarse y salir adelante del ostracismo al que lo había empujado la Revolución Francesa.
En esos años, se dedicaba a leer a la luz de las velas y a escribir cartas mediante las cuales se comunicaba con altos militares de toda Europa.
Letamendi envió un emisario para ofrecerle un cargo de asesoramiento militar que incluía: instrucción de infantería ligera y estrategias napoleónicas, redacción de manuales de disciplina, consultoría en fortificaciones, clases en la escuela de suboficiales, asistencia al gobierno civil y militar en defensa local.
En una extensa misiva, le manifestó su admiración profunda y le adjuntó como obsequio una caja de música donde sonaba el «Chant du départ», la sobria, imperial y profética canción que Napoleón consideraba superior a «La Marseillaise».
Jean Berger, honrado por la propuesta, partió hacia su destino.
Se embarcó desde Marsella hacia el puerto de Cartagena, donde lo esperaba la calesa oficial escoltada por dos jinetes.
Al llegar a Murcia, se lo condujo a una vivienda para mandos militares, ubicada junto al río Segura, al sudeste de la ciudad.
Por las mañanas se dirigía al cuartel, inspeccionaba el patio de armas, daba instrucción táctica a los cadetes y redactaba informes.
Al mediodía almorzaba con los oficiales y luego daba clases en el aula.
Al atardecer, se retiraba a su estudio… y comenzaba su aislamiento.
Se perdía en las páginas de un oscuro libro cuya tapa de cuero llevaba el extraño nombre: Nŏx’Zhul.