Annette Vallón era institutriz. Había sido contratada por la familia Guzmán del Castillo: don Adolfo, un coronel retirado con hijas pequeñas, la había contactado a través de un tío suyo que era capellán en Marsella. Tenía veintiséis años, había nacido en Toulouse y había sido educada en un pensionado católico.
En aquel tiempo, era una señorita al servicio de una crianza respetable.
Tenía a su cargo a las dos niñas, Ángela e Irene, a quienes enseñaba lengua francesa, latín, piano, además de historia sagrada, matemáticas y lectura de autores ilustrados y moralistas.
Al mediodía almorzaba con ellas y, por las tardes, las llevaba a pasear por los jardines de la lujosa residencia Guzmán del Castillo.
En esas tardes veía pasar al galope al hidalgo general Berger, y sentía que la emoción le recorría cada centímetro del cuerpo.
Con el paso de las semanas aprendió su horario y recorrido y comenzó a asistir a su encuentro.
Una tarde, el general se percató de su presencia. Aminoró la marcha: pasó del galope al trote, luego al tranco, mientras tiraba suavemente de las riendas y erguía su posición con elegancia. Allí la vio, con el sol de la tarde haciendo resplandecer su cabello.
La España trágica, tensa, inestable y profundamente conflictiva era una olla a presión. La guerra carlista, en pleno desarrollo —con el enfrentamiento entre los partidarios de don Carlos y los de la reina niña Isabel II, bajo la regencia de María Cristina—, formaba parte de ese escenario, que se alzaba como telón de fondo para que un viejo general y una joven institutriz volvieran a sonreír, al menos por un tiempo, antes de que la desgracia y la locura convirtieran aquella risa en una mueca de espanto.
José Antonio Letamendi era el hombre fuerte de la presencia militar y, como tal, vivió con la convicción de mantener a Berger en funciones activas, aunque sabía que la tropa lo miraba con recelo. Su estado de ánimo, hacia el año 1833, se tornó cada vez más errático: se lo veía abstraído, como si una soledad espesa, como si una humedad verde y persistente, lo hubieran ensombrecido.
Algunos soldados fueron testigos de un estado de trance que duró apenas unos segundos: sus manos temblorosas, los ojos vueltos hacia atrás y una secuencia de sonidos que murmuró entre dientes, sin conciencia ni control.
Un segundo en la vida es suficiente para sellar un destino. Y para Annette, ese segundo llegó la tarde en que, tras cruzarse con el general —que regresaba del cuartel montado en su caballo—, cometió un acto de suprema osadía: mandó a las niñas de regreso a la residencia para hablar con él.
Allí se encontraron dos almas perdidas. Cada uno trataba de contener sus propios naufragios y creyeron, equivocadamente, que juntos podrían hacer pie.
Al poco tiempo decidieron concretar su unión. El capitán general Letamendi autorizó el vínculo, a los efectos de validarlo en el registro militar, lo que afectaba directamente al futuro de la familia.
Los contrayentes se presentaron ante el capellán del cuartel. Ambos se declararon solteros, mayores de edad, profesantes de la fe católica y en condiciones de recibir el sacramento del matrimonio.
La ceremonia fue discreta, sin festejos ni presencia de familiares de Annette. Sus nombres quedaron estampados en el libro parroquial, aquel manuscrito finamente encuadernado que el padre Zotilde custodiaba con celo.
Ninguno de los dos supo, en aquel momento, si veía en el otro una encarnación del amor juvenil, o una forma madura y resignada de ternura con un mundo resquebrajado.
Annette lo fue queriendo de a poco, como quien quiere a un animal herido. Tal vez porque no tenía otro lugar donde poner ese afecto.
Y él, por alguna razón que nunca pudo explicar, la tomó como quien toma un destino que le pertenece.
Durante los primeros años vivieron en la casa militar junto al río Segura.
Desde el principio cultivaron una relación distante, al estilo de dos personas aisladas, en la que lo primero que se excluye es el diálogo.
Jean Bapthiste acudía al cuartel cada mañana y Annette había abandonado su puesto de institutriz para ocuparse de los quehaceres domésticos.
Su primer hijo llegó en la primavera de 1837. Fue nombrado Braulio Arranz Berger.
Fue la jugada que la vida sacudió sobre el tablero cuando la partida parecía ya terminada.
El silencio junto al río se iluminó con la voz y la risa del niño.
Annette, entrenada en el arte de la crianza, soñó despierta lo que tantas veces había albergado el teatro de la noche: la libertad en el alma de un niño que crecería sano, fuerte, tal vez libertador de naciones; tan aguerrido y temerario como su padre, tan ilustrado como ella.
Sin embargo, la única herencia que recibiría sería la soledad, el abandono y un libro oscuro y antiguo que lo llevaría al abismo.