Capítulo 2 Parte IV

El descenso del general Berger fue lento y sostenido. La soledad lo fue aprisionando, guiándolo de la mano hasta perderlo. En el estudio de la casa junto al río Segura, donde trabajaba largas horas frente a su escritorio, las paredes comenzaron a poblarse de frases y extraños símbolos.

Annette lo notaba demacrado, pero no se atrevía a confrontarlo; solo alzaba a sus hijos y los alejaba de su presencia.

El general ya no comía con ellos. Se encerraba en silencio y pasaba horas solo, hasta que ella le llevaba su ración. No alzaba la voz ni se mostraba agresivo; apenas murmuraba unas pocas palabras entre dientes y ella aguzaba el oído para intentar comprenderlo.

Una noche se despertó tosiendo, asfixiada por el humo. Corrió hasta la buhardilla y halló a su esposo tendido sobre el escritorio, dormido, con una botella de licor casi vacía y un vaso derramado. Una vela había caído de la palmatoria, generando un principio de incendio en parte del mobiliario.

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