Las carretas avanzaban. Los hombres, apiñados, soportaban el paso lerdo de las horas.
Habían partido una madrugada desde Azul. Aquel invierno era especialmente frío. Dentro de las carretas, los cuerpos se apretaban para resistir las incomodidades del viaje.
Marchaban siguiendo la orilla del arroyo Tapalqué. El curso de agua los guiaba: les daba abrigo, pasto para los caballos y una referencia firme. Más allá de ese límite, la pampa se abría sin amparo.
La luz del farol apenas iluminaba las huellas. Frente a ellos se extendía el desierto pampeano: lagunas salobres, pastizales bajos, espinillos retorcidos por el viento. El cielo, alto y despejado, los cobijaba.
Marchaban al sur. Neyhén era la última localidad situada en el límite con el territorio araucano. Formaba parte de la antigua línea de fortines del oeste: Azul, Olavarría, Guaminí y Trenque Lauquen, cada uno como un clavo en el borde del mapa. Más allá, se hallaban las tierras no pacificadas, el viento y el hambre del sur.
Debían llegar con urgencia, para enfrentar el caos que se abatía sobre ella.
En el pescante se encontraba Florián Aguirre, un hombre proveniente del viejo mundo, quien —marcado por un destino singular— había puesto sus pies en este suelo y fundado una de las primeras comunidades agrícola-ganaderas del país.
Azul era una tierra que parecía obedecer: campos verdes, ganado pastando. Pero más allá del arroyo Tapalqué, que bordeaba el pueblo llevando sus aguas de este a oeste, la pampa se abría como una herida seca. Allí terminaban las chacras y empezaban los relatos. Allí comenzaban los laberínticos senderos del sur.
Florián era un hombre barbado y enorme, ejercitado en la lucha permanente. No recordaba sus orígenes; de su niñez solo conservaba en la memoria la voz de su madre y el deambular por ciudades cuyo nombre ignoraba. De su adolescencia: el furor bravío de los combates y los entrenamientos a los que asistió durante los años en que sirvió como soldado en el regimiento de Murcia, donde ascendió al grado de coronel.
Sus manos, encallecidas por el peso de las armas, se aferraban a los tientos. Su mente, al destino final.
Tras una jornada siguiendo el arroyo, las carretas alcanzaron la estancia San Miguel. Allí cruzaron el agua y continuaron hacia tierras más abiertas. Los hombres cargaron los bultos sobre los hombros y avanzaron en fila, con el agua hasta la cintura, hasta alcanzar la otra orilla.
Desde ese punto, el paisaje se volvió más ralo. Estancias fortificadas y postas dispersas eran lo último que ofrecía el camino. Después, solo quedaban las noches heladas bajo las estrellas, el viento constante sobre la pampa ondulada y cielos inmensos.
El polvo les dificultaba la respiración. Los ojos ardían. Algunos recitaban oraciones extrañas. Cada tanto se detenían y se turnaban en el pescante.
En la otra carreta viajaba Yussuf Zahid, antiguo oficial del Regimiento de Infantería Ligera de Murcia, compañero de armas de Florián. En Azul era conocido por el comercio de cueros. Lo acompañaban otros cuatro europeos, silenciosos y atentos.
A veces, Florián cerraba los ojos.
Entonces escuchaba una melodía de un xilófono.
Clara. Cercana. Persistente.
Podía cantar sus notas.
Anael…Anael…
—Vaar’thuun am’shar, zhaan’thuun’kaar Varesh —murmuraba entre dientes.