La memoria los llevó al pasado, treinta años antes, cuando, siendo jóvenes oficiales, mantuvieron el primer encuentro.
Las imágenes aparecieron en sus mentes como el fulgor de los relámpagos: fuego, devastación, muerte.
Florián Aguirre, al frente de la acción, recordó la mañana en que el grupo ingresó en Santa Jarque de la Peña, una aldea encajada entre riscos, para socorrer a la población diezmada por una extraña serie de sucesos catastróficos.
Un médico francés, algunos curadores y varios voluntarios bajaron desde Aledo, siguiendo un camino de piedra que nadie recorría desde la peste del 37.
Aquella aldea, a tres jornadas de Totana, estaba enclavada en las laderas ásperas de la Sierra Espuña: una zona agreste y deshabitada, vinculada a antiguos monasterios y caminos olvidados.
Florián y Yussuf eran capitanes asignados a la guarnición del Regimiento de Infantería Ligera de Murcia y, meses antes, habían sido designados por el capitán general José Antonio Letamendi como capitanes de zona en los alrededores de Totana, Lorca y Aledo.
Las noticias habían llegado de a poco: un vendedor de telas que transportaba su mercancía pasó por el lugar cuando fue atacado por una horda fuera de control.
Después, un campesino relató cómo una plaga de langostas se abatió sobre sus cultivos: almendros, olivos y viñas fueron reducidos a un ramaje seco y retorcido.
Las cabras y las mulas comenzaron a actuar como enfermas de rabia; arrastrándose, parecían deshacerse en la penosa hemorragia que brotaba de sus bocas.
Algunos, aterrados, observaron que todas las especies tenían los ojos fulgurantes, como carbones encendidos que destellaban en la oscuridad.
Se hablaba de un sacerdote carlista, que recorría las calles de piedra a lomo de mula, desgreñado y harapiento, consagrado a declamar su lealtad por Don Carlos, la monarquía, la iglesia y la nobleza rural. También de desertores e insurrección encubierta.
Finalmente, el verde se trocó en gris. Al atardecer, un sol rojo caía detrás de las montañas, cediendo paso a la noche. Las estrellas, allá arriba, parecían hacer descender un eco de carcajadas.
Los murmullos crecieron, transformándose en un pánico palpable. Las pestes, los disturbios, la brujería: todo se mezclaba en una atmósfera irrespirable. El Regimiento de Infantería Ligera de Murcia, ante la magnitud del caos, envió expediciones quirúrgicas con oficiales leales y preparados.
Cuando Florián y sus soldados ingresaron al poblado, escoltando a los civiles y recorriendo el monstruoso escenario, comprobaron que la destrucción era total, y el caos reinante superaba todo lo imaginable. Los hombres sintieron un escalofrío.
Las calles estaban sembradas de cadáveres y moribundos; los insectos, como nubarrones, cercaban el paisaje, ennegreciéndolo todo.
Las aves de rapiña devoraban los cuerpos; el hedor era insoportable, y algunos sobrevivientes deambulaban pesadamente, balbuceando a causa de la fiebre.
El fuego se extendía por todas partes. Inmediatamente, los hombres comprendieron que aquel horror no podía contenerse de ningún modo.
Florián, hondamente alterado por la barbarie, decidió aplicar el protocolo de erradicación: debían cercar lo poco que quedaba de la población maltrecha y exterminarla. Después, destruir Santa Jarque de la Peña por completo.
El grupo avanzó por las calles, Florián al frente, Yussuf Zahid detrás, y el resto de los soldados junto a la aterrada comitiva.
A pocos metros, medio asomados detrás de una puerta, uno de los hombres alcanzó a divisar a dos niños.
Yussuf se acercó a ellos con cautela.
—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó a uno de ellos, serenamente.
—Juan Simón Berger —respondió el niño, tembloroso.
—¿Qué es lo que pasó aquí? —inquirió Florián, desesperado.
El niño bajó la cabeza y comenzó a llorar. El otro permaneció en silencio.
El resto de los soldados inspeccionó el lugar.
Detrás de una puerta, el cuerpo de un hombre yacía tendido en el suelo.
—¡Identificación! —gritó el herido, con la voz quebrada al ver el uniforme militar.
—¡Soldado Juan Murúa! Regimiento de Infantería Ligera de Murcia, bajo el mando del capitán Florián Aguirre, señor. ¿Puede confirmar su identidad, señor?
—Soy el general Jean Bapthiste Berger —exclamó el moribundo—. Exiliado de Francia, antiguo coronel de la Grande Armée de Napoleón Bonaparte, ascendido a general tras la guerra y encomendado al ejército regular español como asesor militar —dijo con una voz débil, entrecortada por la tos—. Condenado a morir… donde ya nadie recuerde mi nombre —murmuró después.
—¡Mi general! —exclamó el soldado, reverenciándolo con la venia.