El descenso del general Berger fue lento y sostenido. La soledad lo fue aprisionando, guiándolo de la mano hasta perderlo. En el estudio de la casa junto al río Segura, donde trabajaba largas horas frente a su escritorio, las paredes comenzaron a poblarse de frases y extraños símbolos.
Annette lo notaba demacrado, pero no se atrevía a confrontarlo; solo alzaba a sus hijos y los alejaba de su presencia.
El general ya no comía con ellos. Se encerraba en silencio y pasaba horas solo, hasta que ella le llevaba su ración. No alzaba la voz ni se mostraba agresivo; apenas murmuraba unas pocas palabras entre dientes y ella aguzaba el oído para intentar comprenderlo.
Una noche se despertó tosiendo, asfixiada por el humo. Corrió hasta la buhardilla y halló a su esposo tendido sobre el escritorio, dormido, con una botella de licor casi vacía y un vaso derramado. Una vela había caído de la palmatoria, generando un principio de incendio en parte del mobiliario.
Annette gritó desesperada, arrastró pesadamente el cuerpo de su esposo y, en el intento de rescatarlo cayó, pero aun así logró ponerlo a salvo. Luego arrojó baldazos de agua hasta extinguir las llamas. A lo lejos escuchó el llanto de los niños desde su habitación.
Por la mañana, Jean no se levantó de la cama. Estaba derrotado, sumido en un sueño profundo del que parecía no poder emerger.
Annette se dirigió al cuartel a primera hora para entrevistarse con el capitán Letamendi y ponerlo en conocimiento de la situación.
—Adelante, señora. Es un honor recibirla. Puede contar con mi apoyo, tanto para usted como para el general Berger, a quien admiro profundamente.
—Mi esposo es una sombra de lo que fue. Está abstraído, débil, enfermo. Ya no creo que sea capaz de inspirar otra cosa que misericordia en la tropa que dirige.
Letamendi la escuchó con atención. No se sorprendió. Él mismo había experimentado la indiferencia de Jean Bapthiste y su sequedad en el trato. Había supuesto, en su momento, que el matrimonio lo había llevado a una nueva realidad, frente a la cual intentó ser comprensivo. Sin embargo, sabía que entre los jóvenes oficiales el general había adquirido mala fama. Era visto con temor y desconfianza.
—Necesito que tome una decisión —expresó—. Mi esposo no está en condiciones de continuar al frente del servicio. Su estado ha empeorado. Tal vez una función más discreta, al menos por un tiempo, podría evitar un daño mayor.
Letamendi tomó una hoja en blanco y la alineó con cuidado sobre el escritorio, como si ordenara el curso de la conversación.
—Haré las consultas correspondientes —dijo—. Existen destinos que requieren presencia institucional más que actividad operativa. Lugares donde la experiencia pesa más que la exposición cotidiana.
Ella levantó la mirada, aferrándose a esa frase.
—Eso sería un alivio para nosotros.
Asintió, vencida por el cansancio.
—Le agradezco que me haya recibido, capitán.
—Es mi deber —respondió él, ya levantándose—. Puede quedarse tranquila, señora Annette. Me ocuparé del asunto.
Después de aquel encuentro, que se extendió por el lapso de una hora, Annette salió con la tranquilidad de saber que las cosas tomarían un mejor rumbo.
José Antonio, por su parte, procedió como un burócrata. No podía ponerse en tela de juicio su honradez, su preocupación ni su afecto por el general, pero comprendió que aquel hombre brillante y valiente que había dirigido grandes tropas y gozado de la confianza del Emperador Napoleón ya no existía. Solo quedaba un despojo que podía confinarse discretamente, para que pasara sus últimos años lejos del foco de atención, en labores menores.
Esa misma mañana, la Capitanía General emitió el siguiente comunicado:
Capitanía General del Reino de Murcia
Regimiento de Infantería Ligera – Secretaría de Asuntos Militares y Territoriales
Murcia, a 11 de marzo de 1843
Circular N.º 82/1843 – Reservada
Al Comandante de Región y a quien corresponda:
Por expresa disposición del Capitán General de esta plaza, don José Antonio Letamendi, se resuelve el traslado del General de Brigada Jean Bapthiste Berger, actualmente en situación de asesoría permanente en esta Capitanía, a la localidad de Santa Jarque de la Peña, en la sierra sur de la jurisdicción de Totana.
Dicho traslado obedece a razones de conveniencia estratégica y presencia institucional, en virtud de las recientes alteraciones del orden público en esa zona, originadas en parte por rumores, hechos aislados de agitación rural y señales de abandono en las líneas de autoridad local.
El general Berger será comisionado con carácter consultivo y supervisor, y tendrá bajo su responsabilidad:
• Observar y evaluar la situación general del poblado.
• Elaborar informes quincenales sobre estado civil, conductas notorias, y eventuales focos de insubordinación.
• Estimular, mediante su sola presencia, la vocación militar en la juventud local, a fin de fortalecer los lazos de la población civil con la autoridad del Reino.
Se destaca que la figura del general Berger —de conocida trayectoria en la defensa del orden napoleónico y la disciplina francesa— representa un activo moral y simbólico que puede ser de provecho en zonas donde la fe en la unidad de la Corona se encuentra debilitada por la distancia y la superstición.
Este traslado se efectúa sin perjuicio de su rango ni de sus beneficios consolidados. Se mantendrá su grado, su estipendio regular. Se le proveerá de escolta reducida y alojamiento temporal.
Toda alteración o disconformidad con la presente orden deberá canalizarse mediante los cauces habituales, quedando expresamente prohibido su discusión pública.
Sin más, y en cumplimiento de la voluntad del Alto Mando,