El bosque Anael

En el patio de mi casa comencé a plantar un pequeño bosque. No responde a un diseño paisajístico ni a una idea decorativa: cada árbol, cada flor, representa a un personaje, a un ejército o a un episodio del universo de Anael. Es un espacio vivo que crece al mismo tiempo que la obra.

El bosque no admite apuros. No responde a la ansiedad ni a la voluntad de cerrar procesos antes de tiempo. Crece a su ritmo, con estaciones visibles, con pausas, con pérdidas y con renovaciones. Ese crecimiento lento y constante se volvió, sin buscarlo, una enseñanza paralela a la escritura: nada verdadero puede forzarse.

Mientras la novela avanza, los árboles echan raíces. Mientras algunos capítulos se oscurecen, el follaje se expande. Hay días de poda, días de sequía, días de brotes inesperados. El bosque permanece, incluso cuando el trabajo se detiene.

El Bosque Anael está ahí para recordarme que toda construcción profunda necesita tiempo, que no todo florece cuando uno lo desea, y que lo duradero no se impone: se cultiva.

Como la obra, el bosque no tiene un final previsto. Está pensado para acompañar, para crecer conmigo, y para quedar. Porque algunas cosas —si están bien sembradas— pueden ser más largas que una vida, y más silenciosas que cualquier palabra escrita.

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