Antes de las guerras, antes de los libros y antes de los nombres que atravesarían generaciones, existió una niña observando el horizonte. Desde los campos de Šilas, donde los trigales se encontraban con el cielo, Gwen aprendió que toda frontera despierta una pregunta.
No buscaba poder. Buscaba comprender.
De esa curiosidad nacieron las primeras palabras, las primeras melodías y también los primeros errores. Porque algunas puertas se abren por ambición, pero otras se abren simplemente porque alguien quiso mirar qué había del otro lado.
La Eugenia fue elegida para representarla porque permanece verde durante todo el año. Mientras otras especies cambian con las estaciones, ella conserva su presencia silenciosa, como una memoria que se niega a desaparecer. Crece lentamente, afirmando sus raíces antes de extender sus ramas.
En el Bosque Anael, Gwen es el origen. No el origen del mal ni el origen del bien, sino el punto donde comenzó la historia. La primera persona que escuchó una música que nadie más podía oír y que decidió seguirla hasta donde condujera.
Todo bosque necesita un árbol inicial. Todo relato necesita una primera voz.
Esta Eugenia recuerda que las grandes historias rara vez nacen de héroes o conquistadores. A veces comienzan con una niña, una pregunta y un horizonte que parece no terminar nunca.
4 respuestas
Hermosa iniciativa y hermosa reflexión.
Vamos gabi, que esto recién empieza!
Hermosa historia👏👏
Qué bueno leerte. Anael recién empieza, y cada mirada suma a este universo.