Capítulo 2 Parte V

A los pocos días, cargaron sus pertenencias en tres carruajes y se dirigieron a su nuevo destino. Un grupo de soldados los escoltó por el camino seco y empinado de la Sierra Espuña. La caravana marchaba firme; las ruedas abrían un surco en la aridez del sendero pedregoso.

Jean Bapthiste no sentía nada. En su mente solo persistía el recuerdo de aquella pensión en los Pirineos donde había vivido antes de llegar a Murcia. Allí, en el silencio de las noches, comprendió que su tiempo de gloria había quedado atrás, en las batallas de la Grande Armée.

Desde la muerte de Napoleón, la luz había dejado de caer sobre el mapa y él se había acostumbrado a hablar con las sombras. Cada noche soñaba con estar cerca de su nombre, mientras se desvelaba en su cuarto, solo, a miles de kilómetros del cementerio de Santa Elena, en donde los cipreses daban sombra definitiva a ese sol de la libertad francesa, que se apagó en el medio del mar.

Cuando llegó a sus manos la carta del capitán Letamendi, sintió que tal vez podía engañar al destino. Que aún quedaba una escena donde volver a ser llamado.

Pero no. Su historia ya había sido contada. El protagonismo había ocurrido en otro tiempo, cuando aún era joven. La vida, no ofrece dos veces ese lugar.

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