A los pocos días, cargaron sus pertenencias en tres carruajes y se dirigieron a su nuevo destino. Un grupo de soldados los escoltó por el camino seco y empinado de la Sierra Espuña. La caravana marchaba firme; las ruedas abrían un surco en la aridez del sendero pedregoso.
Jean Bapthiste no sentía nada. En su mente solo persistía el recuerdo de aquella pensión en los Pirineos donde había vivido antes de llegar a Murcia. Allí, en el silencio de las noches, comprendió que su tiempo de gloria había quedado atrás, en las batallas de la Grande Armée.
Desde la muerte de Napoleón, la luz había dejado de caer sobre el mapa y él se había acostumbrado a hablar con las sombras. Cada noche soñaba con estar cerca de su nombre, mientras se desvelaba en su cuarto, solo, a miles de kilómetros del cementerio de Santa Elena, en donde los cipreses daban sombra definitiva a ese sol de la libertad francesa, que se apagó en el medio del mar.
Cuando llegó a sus manos la carta del capitán Letamendi, sintió que tal vez podía engañar al destino. Que aún quedaba una escena donde volver a ser llamado.
Pero no. Su historia ya había sido contada. El protagonismo había ocurrido en otro tiempo, cuando aún era joven. La vida, no ofrece dos veces ese lugar.
Mientras el traqueteo de los carros le martillaba la cabeza, su rostro pálido, su mirada nublada y sus manos quietas parecían aceptar el veredicto. Era la despedida. La marcha hacia un exilio definitivo. Y él lo sabía.
Su mente solo albergaba una obsesión, hecha de símbolos oscuros y palabras antiguas.
El llamado sonaba cada vez más fuerte y claro en sus oídos; aparecía en el silencio la melodía de un xilófono cuyas notas podía cantar por lo bajo: Anael… Anael…
Por las noches buscaba dominar ese silencio viviente que gravitaba a su alrededor. La preparación le demandaba grandes sacrificios y desvelos. Sentado frente a un grueso ejemplar que llevaba grabado en la tapa de cuero las palabras Nox̆’Zhul, Jean Bapthiste Berger juró a la memoria de su querido Emperador que él sería quien completaría su misión. Que Anael podría más que mil ejércitos. Que el oprobio sería reparado. Que se levantaría su memoria de la ruina y que pagarían sus culpas los traidores que permitieron que fuera llevado al Atlántico sur, confinado en un islote húmedo y desolado, para morir pocos años después, vigilado, enfermo, derrotado y solo.
Finalmente llegaron a destino. La Sierra Espuña era el Santa Elena de Berger.
Los soldados bajaron su equipaje y los efectos que yacían acumulados en cajones: batería de cocina, ropa, mantas, libros y algunos muebles, que fueron descendidos y colocados en el interior de la vivienda.
El escritorio de roble del que no quería desprenderse había viajado con él a lo largo de los años. Herramientas, enseres y utensilios.
La casa de Santa Jarque de la Peña era espaciosa; constaba de dos plantas, con varias habitaciones y dependencias, anchos muros, ventanas amplias, un jardín con árboles y flores descuidadas.
En la planta superior instaló su biblioteca. Aunque se encontraba debilitado, ayudó en lo que pudo para acomodar lo necesario y habituarse al nuevo espacio. Quería terminar con esa faena lo antes posible y continuar con sus rutinas de estudio.
En los meses siguientes se profundizó su aislamiento. Todo en él había sido absorbido por una pasión única y total: abrir la grieta por donde ingresa el caos. Anael, pondría las cosas en su justo lugar.
Finalmente, el sol se apagó para él. Pasó a ser como los insectos de la noche. Sus movimientos, un susurro en la negrura tenebrosa.
Caminaba por la casa como arrastrando cadenas, flaco, desgarbado, con el largo cabello raído y la barba sucia. Su boca sangraba y le faltaban algunos dientes.
Cuando Annette finalmente entró a su escritorio —espacio que tenía vedado— observó un escenario que relataba la crónica de un derrumbe. La suciedad y el hedor eran insoportables. A su alrededor, solo velas consumidas, restos de comida, excremento, botellas con orina, botellas vacías de licor, libros destrozados y desparramados por todas partes.
En el centro, el Nox̆’Zhul, abierto casi al final, con una voluminosa cantidad de apuntes, escritos con pluma y tinta a la luz de las velas.
Annette, llena de horror, decidió que tenía que tomar a sus hijos y marcharse esa misma tarde. Solo uncir los bueyes y partir con rumbo a Murcia, donde podría pedir asilo en la residencia Guzmán del Castillo y recuperar su trabajo de institutriz.
En una repentina necesidad de abarcar lo incomprensible, giró sobre sí misma, observando cada rincón. Su rostro se desfiguró en una mueca de espanto.
Junto al marco de la puerta entreabierta estaba él.
Aquel hombre distinguido que supo seducirla con su altivez y sus galardones era ahora un espantapájaros de carne y huesos. Convertido en una sombra, la observaba con los ojos desencajados, fuera de sus órbitas, como si su peso hubiera provocado la aparición de horribles ojeras azuladas. Su boca sangrante solo repetía una frase en una lengua desconocida.
Annette dirigió la mirada al escritorio y allí, diseminados sobre la superficie, estaban los dientes que él mismo se había arrancado.
Quiso gritar, pero ni un solo sonido salió de su garganta.
—Anael, Tzhar’kai dor Vhaz’kaan, shor’kaar dorum Nŏx’thar… —murmuraba, mientras se acercaba pesadamente hacia ella.
Era la visión de una parca que cruzaba la oscuridad hasta herirla con su aliento.
Annette sintió una debilidad que le hizo perder el equilibrio. Bajó la vista y cerró los ojos en silencio al ver que la mano temblorosa de él empuñaba un cuchillo.
Al pie de la escalera, Braulio y Juan Simón no emitieron un solo sonido, ni una sola palabra, cuando vieron cerrarse la puerta para siempre.
4 respuestas
Gran historia! Es difícil encontrar algo nuevo con este nivel!
Gracias! te invito a enviar tu foto y sumarte a la legión de Anael.
Atrapante!! Cada capítulo te mete en la historia y te lleva a seguir leyendo. Ya desearía poder leerla hasta el final.
Adelante! Gracias por formar parte de esta comunidad Anael!