Cuando era joven, Berger fue un hombre brillante. Recorrió Europa entre ejércitos, campañas y victorias, convencido de que la voluntad humana podía imponerse sobre cualquier límite. Pero algunas fuerzas no pueden ser conquistadas. Solo pueden ser despertadas.
El sakura florece de manera deslumbrante y, sin embargo, sus flores duran muy poco. Su belleza está ligada a lo efímero. Por eso representa a Berger: un hombre que alcanzó alturas extraordinarias y que, al mismo tiempo, vio desmoronarse todo aquello que había construido.
En la historia de Anael, Berger es el primero en abrir una puerta que nunca debió abrirse. Su búsqueda de respuestas terminó convirtiéndose en una búsqueda de poder, y el poder terminó consumiéndolo. Tras él quedaron pueblos destruidos, familias quebradas y una herencia de oscuridad que atravesó generaciones.
Este árbol recuerda que la grandeza y la caída a veces nacen de la misma raíz. Que existen conocimientos cuya belleza resulta irresistible, pero cuyo precio puede ser demasiado alto.
Cada primavera, cuando el sakura florezca por unos pocos días, volverá a contar la historia de un hombre que quiso llegar más lejos que todos los demás y terminó perdiéndose en el horizonte que perseguía.