Sentada en el patio de la casa familiar, Gwen observaba la inmensidad de los trigales que se extendían ante sus ojos como un océano dorado. El espectáculo era sobrecogedor. Las tardes primaverales, cálidas y luminosas, ofrecían el marco ideal para la contemplación. El trigo maduro proyectaba una sombra dorada que llegaba hasta sus pies mientras el sol caía en el horizonte.
Gwen se abstraía en el silencio.
Al otro lado del patio, su padre trabajaba en el taller de encuadernación.
Šilas, una pequeña localidad cercana a Kaunas, era su hogar. Allí habían crecido sus padres y allí habían formado su vida. El pueblo, integrado por entonces al Gran Ducado de Lituania dentro de la Mancomunidad Polaco-Lituana, había experimentado cierta modernización urbana que beneficiaba a una élite reducida. Poco o nada de ese progreso alcanzaba a campesinos y trabajadores.
Eran gente sencilla. No les inquietaban las intrigas políticas. Mandara quien mandara, su pequeño universo era el taller.
—Mi oficio es mi país —sentenciaba el hombre mientras apuraba la costura de los pliegos impresos, preparaba la prensa, encolaba el lomo, añadía los refuerzos de papel y colocaba las tapas con la precisión de quien domina su oficio.
Había épocas de gran demanda. Los pedidos de reparación y encuadernación se acumulaban, y el trabajo exigía tiempo y paciencia. La mayor parte consistía en biblias, textos religiosos, libros de leyes y registros comerciales. Las ediciones nuevas eran escasas y casi siempre devocionales: manuales de estudio, libros de salmos, liturgias y oraciones para el ámbito familiar.
Gwen había nacido el primer año del matrimonio. Era una niña introspectiva, formada en el silencio de los campos y en el calor del taller familiar. A los cuatro años aprendió a leer, y desde entonces pasó horas detenida frente a los grabados rudimentarios de los libros que circulaban por la casa. A los seis comenzó a ayudar en el taller: alcanzaba hilos, cartón y cueros, observaba la prensa con atención y mostraba una facilidad inusual para ordenar los tipos móviles de plomo.
Por las tardes regresaba sola a los trigales. Su mirada se elevaba hacia la línea del horizonte, donde una arboleda lejana marcaba el fin del campo. Más allá de ese límite, todo quedaba librado a su imaginación. Para Gwen, lo desconocido comenzaba del otro lado del trigo.
Desde muy pequeña se había acostumbrado a observar en silencio. Permanecía cerca del taller, siguiendo cada gesto de su padre, dejando que la luz que entraba en diagonal por la ventana, el calor de la hoguera en invierno y el sonido regular de las herramientas se imprimieran en ella. Sin saberlo, estaba aprendiendo a escuchar. Todo aquel mundo tenía un ritmo, una respiración propia.
A veces se detenía bajo el haz de luz y miraba las partículas de polvo suspendidas en el aire. En esos momentos sentía que algo se acomodaba, como si el mundo, por un instante, encontrara su forma. Todavía no lo sabía, pero allí estaba la música.
Entre esos libros que descansaban en los estantes había uno distinto, pequeño, que su padre había conservado después de repararlo. Tenía signos extraños y dibujos de artefactos que Gwen no había visto nunca.
—¿Qué es todo esto, papá? —preguntó una tarde.
—Es un manual para aprender música —respondió él—. La música es algo muy bonito. Acompaña la vida y le da forma a lo que sentimos.
—¿Y se puede jugar con ella?
Friedrich sonrió.
—No como con una persona. Pero es un juego en sí mismo. No se le habla: se la escucha, y después se responde.
Una tarde de otoño, Friedrich salió temprano hacia la ciudad para entregar unos trabajos. Cumplió con el encargo, intercambió pocas palabras y recibió su paga. Antes de regresar, se detuvo un momento bajo el alero de un comercio. El movimiento constante de la gente lo envolvió, y ese pulso ajeno lo dejó extrañamente inquieto.
En un rincón, entre objetos olvidados, vio un pequeño xilófono.