Cuando un pedido es tan extraño, no queda más remedio que obedecer, pensaba Friedrich mientras viajaba a la ciudad para entregar unas reparaciones y hacer compras.
Llevaba una lista con los materiales necesarios para su oficio: pliegos de papel, hilos de lino, cordeles, cartón prensado, tinta negra y roja, tipos móviles para reemplazar otros gastados. En otra sección figuraban los alimentos y artículos cotidianos: harina de trigo, avena, miel, pescado ahumado, quesos, manzanas, velas de cebo, aceite, jabón. Y, al final, el pedido más singular de todos: trece copas de cristal.
Recorrió la ciudad para conseguirlas. Compró cuatro en un mercado, tres en otro, y seis le fueron obsequiadas por un cliente, en retribución por una carga que tiempo atrás había transportado de un pueblo a otro.
Mientras regresaba, sentado en el pescante y oyendo el tintinear de las copas en la caja a su lado, Friedrich se preguntó por qué había atendido el pedido de su hija de nueve años. Sintió, como tantas otras veces, que había servido —solo eso— y que en el servicio había alegría.
Tres días después, al llegar a casa, Gwen lo recibió con un abrazo. Se colgó de su cuello y, sin decir palabra, tomó la caja con las copas y corrió a su cuarto. Allí comenzó la temporada de experimentos sonoros, ignorando que se enfrentaba a un problema que había desvelado a afinadores, músicos, compositores y filósofos durante más de dos siglos: la búsqueda de la afinación perfecta.
La distancia se lo exigía. Era el único modo de que el mensaje musical alcanzara la claridad necesaria para recibir una respuesta desde el abismo.
***
Al caer la tarde, Gwen comenzó a ilustrar el problema. Dibujó en el piso del patio una rayuela de trece escalones. Anotó en cada uno los nombres de los sonidos tal como estaban grabados en las placas del xilófono: do, do♯, re, re♯, mi, fa, fa♯, sol, sol♯, la, la♯, si, do. Como en la rayuela —pensó— el do de la base representaba la tierra y el do de la altura, el cielo. Había que ascender hasta llegar al cielo y volver sin tropezar; marcar el lugar exacto donde apoyar el pie para avanzar sin turbulencia ni inestabilidad, sin sentir el cosquilleo del batimento que producía el entrechocar de los sonidos.
Utilizó un mecanismo sencillo. Le bastaron unos pocos materiales del taller de su padre para que todo quedara expuesto ante sus ojos.
Tomó dos pesas de la balanza y ató a cada una un hilo de lino. Colocó una en el borde superior del primer recuadro, correspondiente al do, y la otra en el quinto, correspondiente al sol. Tomó ambos cordeles con la mano derecha, a modo de riendas, y los tensó. Con la izquierda percutió la primera y la quinta placa del xilófono, y el batimento apareció de inmediato. Se escuchaba con tal fuerza que parecía oscurecer la tarde y silenciar a los pájaros; era tan evidente que enrarecía el aire, como si arrastrara consigo a las nubes. Lo sentía en la palma de las manos, en el cosquilleo que transmitía la vibración del hilo.
Cuidadosamente fue desplazando las pesas, arrastrándolas apenas, hasta que los cordeles dejaron de vibrar. Allí, en ese punto exacto, marcó una cruz con carbón.
Así pasó varios días, probando combinaciones, hasta marcar todos los escalones: desde la tierra hasta el cielo y desde el cielo hasta la tierra.
Entonces el problema quedó a la vista. El mapa era caótico. Las cruces no coincidían en el ascenso ni en el descenso; al subir, se salían de los recuadros, y al bajar, nunca regresaban al punto de inicio. No se trataba de un error humano ni de una superstición, sino de un sistema que no cerraba, de una falla profunda en el orden.
—Voy a hacerlo cerrar —murmuró Gwen, mirando fijo el diagrama, ignorando el caos que estaba a punto de despertar.
A la mañana siguiente comenzó el trabajo de corrección. Trajo la caja, retiró las copas de cristal y las colocó una a una sobre las marcas del tablero. Empezó por los sonidos do y sol: los percutió en el xilófono y vertió agua en las copas hasta igualar las alturas; luego las hizo sonar juntas. La vibración apareció. Retiró agua con un gotero y volvió a agregarla gota a gota hasta que el batimento desapareció. La primera relación estaba lista.
Entonces buscó herramientas: una lima, una broca, un poco de resina. Se dispuso a modificar las placas de bronce del xilófono.
El proceso fue agotador. Durante días controló las placas una y otra vez: las pesó, las limó, perforó algunas, rellenó otras con cera. Ajustó primero las copas, gota a gota, hasta dejarlas exactas; luego repitió el procedimiento en el metal. Pasaba largas horas sin perder la concentración, ajena al cansancio.
Finalmente probó la afinación. Temblorosa al principio, se paró frente al trigal y rompió el silencio con la primera relación.
Do, do, mi…
Do, do, mi…
Anael…
El intervalo sonaba preciso, claro, profundo. Ninguna turbulencia se generaba en el aire. Una brisa leve acarició su rostro.
Continuó.
Do, do, sol…
Ascendió hasta la octava.
Descendió hasta la quinta.
—Subo la escalera, voy hasta las nubes, viajo por el cielo hasta cruzar el trigal —cantó, con los ojos fijos en el horizonte, aguardando una respuesta.
Pero allí no había nada. Un camino, un monte, más campo, algunas granjas dispersas. Sin embargo, Gwen creía que más allá comenzaba el abismo, y que la música era lo único capaz de penetrarlo.
No hubo respuesta. El silencio persistió.
Una lágrima rodó por su mejilla. La pena le estrujó el pecho. Poco a poco comenzó a notar que los sonidos volvían a chocar entre sí, como antes.
Su esfuerzo había sido inútil. Cada relación corregida desajustaba otra. El rompecabezas no tenía solución: al descender, el sonido nunca regresaba al lugar del que había partido.
Quitó las placas. La invadieron la frustración, la tristeza, la ira. Sintió calor, luego frío. Repasó algunas distancias: do, luego do sostenido, apenas más agudo. Las cercanías eran las más insoportables. Le faltó el aire. Golpeó el metal con la lima, y una escoria se clavó en la yema de su dedo.
El dolor fue seco. La sangre corrió por su palma. La noche giró a su alrededor; por un instante perdió el sentido. A tientas, bajo la luz débil del farol, volvió a armar el instrumento. Se incorporó, resistiendo el mareo, y con la mirada clavada en la distancia inició una vez más la melodía.
—Subo la escalera, voy hasta las nubes, viajo por el cielo hasta cruzar el trigal…
Luego, casi sin aliento:
Do, do, mi…
Anael…
Anael…
Arrojó el xilófono con furia y, tambaleándose, corrió hacia la casa.
El patio quedó desierto. Los recuadros dibujados, las copas de cristal, el recipiente con agua, las pesas y los hilos yacían dispersos como restos de una batalla.
El campo brillaba bajo la luna. Más allá, los árboles se perdían en la negrura.
Una sombra emergió del trigal, cruzó el patio, alzó el xilófono y regresó por donde había venido.
El sistema se había cerrado.









Un comentario
Está novela es una caricia al alma para todos los que amamos el arte. Sobre todo cuando vas leyendo y al mismo tiempo está tan bien narrado que automáticamente el lector puede imaginar todo, incluso llegar a verlo.
Los grandes cuentos y las grandes novelas tienen estos condimentos, pero para ello detrás de todo hay un gran escritor.
Gracias J.J. Te admiro profundamente