En los primeros días, su corazón desbordaba de felicidad. Al percutir las placas de bronce, el sonido emergía claro, profundo, brillante; entraba por sus oídos y recorría su cuerpo, impactando en cada rincón. La vibración descendía, flotaba en el aire de sus pulmones, se recomponía en el aliento y ascendía hacia la garganta, donde cobraba fuerza para emerger en su voz.
Así, la tarde se llenaba de música. Las mariposas danzaban a su alrededor, trazando volteretas que teñían el aire de color. El aroma del trigo maduro se volvía más intenso. En esa confluencia, Gwen podía sentir en la boca el sabor del pan, y todos los sentidos se enlazaban en una experiencia de inmersión plena en el universo.
—Subo la escalera, voy hasta las nubes, viajo por el cielo hasta cruzar el trigal —entonaba.
Una, dos, tres veces, hasta que una sombra de duda le estrujó el corazón.
—Subo la escalera… —repitió, y quedó suspendida en el silencio.
—Subo la escalera… voy hasta las nubes… —murmuró otra vez, más despacio, y calló.
Allí, en el fondo, escuchó algo extraño: un eco que ululaba, un batimento leve, una oscilación casi imperceptible, como si los sonidos, apenas desprendidos de las placas de bronce, comenzaran a chocar entre sí; como si no pudieran permanecer juntos más que una fracción infinita de segundo. En ese instante, los colores de la tarde se apagaron, el sol perdió intensidad y las mariposas se alejaron.
Sin saberlo, en aquella pequeña oscuridad, estaba la semilla del caos.
En los días siguientes, Gwen comprendió que en su pequeño instrumento convivían luces y sombras. La luz revelaba su mecanismo; la sombra enturbiaba su funcionamiento.
El xilófono tenía veinticinco placas de bronce, ordenadas de la más grave a la más aguda. Estaban dispuestas en dos niveles: quince en el inferior y diez en el superior. Aquella disposición le permitía tocar una misma melodía comenzando desde distintas placas, aunque el recorrido variara, aunque el mapa de golpes se transformara.
Pronto aprendió qué sonido pertenecía a cada placa, quién era quién en el juego. Lo aprendió como se aprende el nombre de los vecinos. Distribuía los golpes entre ambos niveles buscando el sonido preciso que necesitaba en cada momento. Al principio lo hacía con torpeza y lentitud; con los días, se familiarizó con el instrumento y comenzó a expresarse con fluidez. En poco tiempo se volvió una ejecutante segura. Sentía que aquella música era un lenguaje sin palabras que cualquiera podía comprender.
Por las noches recordaba una frase, tomada de aquel viejo manual de música que había quedado en la biblioteca de su padre tras una reparación olvidada:
—La música le da forma a lo que sentimos.
Gwen nunca imaginó hasta dónde podía llegar esa idea, cuando fue la angustia —y no la alegría— la que comenzó a tomar forma en la oscuridad del propio sistema.
Al percutir una placa, el sonido emergía metálico y radiante, y encontraba eco en distintos rincones: una ventana vibraba, alguna pieza del pozo de agua respondía —el balde, la cadena—, o cualquier objeto cercano entraba en resonancia. La vibración se transmitía también al resto de las placas del instrumento.
El sonido ascendía y se descomponía poco a poco en otros más agudos. Gwen guardaba silencio y percibía una resonancia fina y lejana que tardaba en extinguirse. Al percutir una segunda placa, los sonidos se superponían; con tres, el aire se volvía espeso; con cuatro, cinco, con muchas seguidas, surgía un silbido agudo, ululante, casi insoportable. La resonancia crecía hasta volverse intolerable, y Gwen apoyaba las manos sobre las placas para apagar el sonido y dar por terminado el juego.
Por las tardes, sentada frente al trigal y con la mirada fija en el horizonte, se sumergía en un abismo de angustia. Extendía la mano, intentando alcanzar la distancia, pero no percibía respuesta alguna: solo un viento lejano que agitaba las copas de los árboles, allá a lo lejos.
—Subo la escalera, voy hasta las nubes, viajo por el cielo hasta cruzar el trigal.
Los intentos de comunicación sonora fracasaban.
Ella tocaba, y el sonido ascendía claro hasta la altura de su rostro; a partir de allí, las resonancias se entremezclaban y se convertían en un batimento agudo y chillón que el viento arrastraba hasta la otra orilla como suciedad sonora, ruido con un fondo melódico difuso.
Entonces comprendió el problema con absoluta claridad, y la decisión fue inmediata: debía limpiar el mensaje. Si quería que el sonido se entendiera en la distancia, si esperaba una respuesta, debía afinar su instrumento.