Aquella mañana la niña se despertó sobresaltada, sumida en un estado de emergencia que no llegaba a comprender. En los primeros instantes, la confusión fue tal que no supo cómo llamar a su madre para pedir ayuda; tampoco sabía formular una pregunta que explicara lo que estaba ocurriendo.
Caminó por la habitación como perdida, intentando encontrar su ropa, pero, a pesar de su edad, tuvo la sensación de haber olvidado cómo vestirse.
Desde la puerta observó a su padre, Friedrich, corriendo desesperado, juntando herramientas y preparando los carros para alistarse. Cargó palas, picos, hachas, un bidón grande de agua, mantas y frazadas. Unció los bueyes y fue de un lado a otro bajo la mirada azorada de Gwen.
El hombre la abrazó y le pidió que se mantuviera cerca de la casa, que no se separara de su madre. Le aseguró que pronto todo estaría bajo control.
Luego abrió los dos molinos y las aspas comenzaron a girar con fuerza. Maldijo al viento, pero al mismo tiempo sintió una extraña tranquilidad. La sensación era confusa: no sabía qué sentir, más allá de la urgencia que lo empujaba a correr sin descanso.
Pidió a Helene que no cerrara los molinos por ninguna razón, que dejara desbordar los bebederos hasta que inundaran el patio y los alrededores de la casa y del taller.
Gwen levantó la vista y observó, horrorizada, que el horizonte refulgía en llamaradas. Un incendio se había desatado y avanzaba firme hacia el pueblo de Silas.
Por el camino central veía carros cargados de hombres alistados para avanzar hacia el siniestro. Se escuchaban gritos y voces de mando. En medio de la confusión intentaban organizarse.
—Vamos a llevar los arados de mancera al sector del ingreso a Silas. Allí vamos a trazar un surco de quince metros de ancho para evitar el avance del fuego sobre el pueblo —gritaba uno.
—Vayan por la zona de molinos de agua; hay uno cada mil metros. A medida que tracen los surcos, abran los molinos para que el agua corra y el fuego no pueda pasar —ordenaba otro.
Las voces se superponían y la desesperación crecía cada vez más.
Friedrich trepó al pescante de un salto y partió con firmeza hacia el sector de la caravana.
Así lo vio Gwen por última vez, sumándose al grupo organizado para resistir.
Vio a otros hombres, gente que conocía, a quienes había visto caminar, sonreír, trabajar y vivir en plenitud, hasta la mañana en que se vieron forzados, en pocas horas, a alistarse en un improvisado batallón, sin armas ni entrenamiento, para enfrentar a un enemigo feroz que avanzaba dispuesto a destruir su mundo.
La caravana se fue alejando junto con las voces, y desde la distancia solo llegaba un resplandor que hacía destellar los ojos y un crepitar cada vez más intenso, como un mensaje bárbaro de la destrucción que se acercaba.
Helene alzó a la niña en brazos y la apretó contra su pecho. Un brillo de orgullo se impuso al miedo al ver marchar a su Friedrich, que ya no regresaría, como tampoco regresarían otros.
Aquellos hombres habían sido llamados y debían responder sin hacer preguntas. Debían proteger, con su propia debilidad, la debilidad de otros. A lo lejos, Gwen los contempló como piedras, montados sobre caballos o avanzando junto a bueyes de piedra. Eran hombres con almas de piedra, cuya historia sería escrita, algún día, en el Libro de las Piedras.
Los hombres fueron llegando de a poco al frente del incendio. Las llamaradas se elevaban hasta alcanzar las copas de los árboles más altos. A más de dos mil quinientos metros nadie podía acercarse: la temperatura lo hacía imposible. La lucha sería larga y desesperante.
Veinticinco hombres, armados apenas con herramientas de labranza, iniciaron la acción. Se distribuyeron en cuatro grupos y se apostaron en los molinos. Uncieron los bueyes a los arados de mancera y comenzaron a abrir la tierra. Cada arado trazaba una franja de cuatro metros; trabajaban de a pares y, en dos pasadas, obtenían un surco de dieciséis metros que luego inundaban con el agua de los molinos.
Debían cubrir una distancia de siete kilómetros hasta el arroyo. Esperaban que el viento no cesara por completo, para que siguiera moviendo las aspas, pero también que no creciera, para ganar tiempo frente a las llamas.
Avanzaban como una caravana de hormigas abriendo la tierra. El calor se hacía cada vez más intenso y su abrazo volvía omnipresente la amenaza. Aunque evitaban mirar hacia el norte para no ver las llamas y flaquear, el fuego estaba allí, empujándolos a redoblar la fuerza con la que aferraban la mancera.
Hombres con hachas, palas y horquillas despejaban el camino. No sentían, no temían, no esperaban. Resistían. Como las piedras.
Friedrich luchaba con fiereza. Aquellas manos acostumbradas a acariciar pergaminos, a coser y a cortar cueros, a ejercer el oficio de encuadernador en toda su dimensión, aquellas uñas impregnadas de olor a pegamento tenían ahora la fuerza suficiente para enfrentar con hacha y pala la voracidad del incendio.
Al promediar la tarde llegaron refuerzos desde Kaunas: sesenta hombres equipados con herramientas y maquinaria pesada para abrir caminos. Al frente de uno de los grupos iba Matas Petrauskas, un joven de diecisiete años, temerario, decidido y brutal.
—Subo la escalera, voy hasta las nubes, viajo por el cielo hasta cruzar el trigal —murmuró Gwen por lo bajo mientras observaba el horizonte en llamas.
A sus pies yacían el dibujo de la rayuela, los hilos, las pesas y las copas destrozadas por la urgencia de su padre. Imaginó a lo lejos pequeñas figuras luchando contra un caos desatado. La valentía de los hombres levantaba un muro de piedra frente a la destrucción. Sus ojos fulguraban, como si el incendio los hubiera arrebatado.
Hizo silencio. Inspiró el aire pesado y ardiente y, por un momento, creyó escuchar el crujido de los árboles consumidos. El ahogo y el mareo la debilitaron. Cerró los ojos y, desde la distancia, oyó el sonido de su xilófono:
Do, do, mi…
Do, do, mi…
Anael…
Cantó por lo bajo. La relación sonora era perfecta. No había batimento.
El xilófono siguió sonando. Gwen lo escuchó con claridad y una sensación de horror le recorrió el cuerpo. La música era extraña e imposible: la afinación era perfecta, pero la turbulencia lo invadía todo. El horizonte detrás del trigal parecía un volcán en erupción; la tragedia se abatía como una lluvia de fuego.
La búsqueda había llegado a su fin. La obstinación, la tristeza y la furia de una niña de nueve años, en un pueblo perdido, habían sido suficientes para doblar las leyes del universo y forzar una armonía perfecta en un mundo que no puede cerrarse sin contradicciones.
Gwen sintió que una fiebre la consumía cuando vio, a lo lejos, detrás de los árboles, una figura gigantesca que, recortada contra el fuego, parecía mover a los hombres mediante hilos invisibles.
Esa visión confirmó su sospecha. Las afinaciones no cierran. Las relaciones perfectas se contradicen. Y cuando intentó forzar ese cierre, se produjo una falla.
Esa falla no era solo musical. Era una grieta en el orden del mundo.
Y por esa grieta ingresó el caos, al que ella llamó Anael, y que adoptaba la forma de su angustia.









