Los hombres de Kaunas emergieron de la cerrazón del humo. Más allá, los árboles ardían. Descendieron de los carros y descargaron sus herramientas: sierras grandes, palas, cadenas para arrastrar los troncos cortados lejos del alcance del fuego.
La columna se distribuyó a lo largo de la línea que se extendía entre el camino central y el arroyo, sobre una franja de siete kilómetros. Un arado pesado, tirado por ocho caballos, profundizaba el surco del cortafuegos. Los molinos bombeaban agua durante horas, y los cascos de los animales se hundían en el barro.
El incendio avanzaba de norte a sur. Si todo resultaba como esperaban, el camino central podría contener la dispersión de las llamas hacia el oeste; el arroyo bloquearía el flanco oriental; y el surco impediría el avance hacia el sur, el más peligroso, porque en esa dirección, a seis kilómetros, estaba el pueblo. Con esa estrategia, el fuego podría ser contenido en pocas horas.
Matas y Friedrich se encontraron en el cuarto molino. La horquilla de la polea se había trabado por el desgaste, y Friedrich intentaba repararla para restablecer la extracción. Cavaba buscando el punto del bloqueo; para ello debía remover las piedras que aseguraban la estabilidad del molino.
Matas se acercó para ayudarlo.
—Este es el molino central —explicó Friedrich—. Es el más importante. El agua corre por la pendiente del terreno. Si no lo mantenemos activo, el fuego va a abrirse paso directo hacia los sembrados y nada podrá detenerlo.
El calor lo abatía. Por un instante tuvo la sensación de estar de pie frente a la boca de un horno.
A lo lejos, los árboles parecían murmurar entre estertores, prolongando sus lamentos hacia los matorrales, mientras el viento empujaba todo en una cinta sonora. Del otro lado del surco, un rumor sordo parecía alzarse desde el trigo.
El aliento del fuego extendía una humareda rasante sobre los pastizales. Hubo momentos en que los hombres apenas podían ver sus propios pies. La tarde caía rápido y un manto de sombra se cernía sobre el paisaje, haciendo refulgir el rojo en toda su dimensión, mientras el guiño de la luna, allá arriba, acentuaba la pesadez del aire.
Matas, mientras forcejeaba con las piedras, creyó alucinar. Algo le susurró al oído una melodía mínima, casi imperceptible.
—Vamos, ya estamos cerca de la horquilla trabada —gritó Friedrich, intentando darse ánimo.
Casi vencidos por el calor, buscaron mantas, las empaparon en el estanque y se cubrieron con ellas. Algunas chispas corrieron entre los pastizales e iniciaron pequeñas llamas temblorosas a menos de cien metros. Se alzaron apenas unos centímetros del suelo y comenzaron a multiplicarse, salpicando el terreno de focos incandescentes.
Matas las detectó y corrió a sofocarlas a golpe de manta. Pero en ese instante el viento cambió, y la tarde estalló en una erupción de llamaradas.
Corrió de regreso al molino. El incendio avanzaba ya sobre el carretón y los animales. Los caballos, lanzando coces al fuego, no soportaron más y se desbandaron.
Un gran árbol, a poca distancia, fue tomado por las llamas. El fuego trepó por el tronco, se bifurcó en las ramas y terminó por devorar la copa.
—¡Vamos! —gritó Matas, desesperado—. ¡Ya no hay tiempo!
Friedrich estaba ensordecido. Apenas logró despejar el acceso al pozo y, al asomarse, alcanzó a ver el espejo de agua, profundo y oscuro.
Introdujo el cabo de la pala en la horquilla y forcejeó una y otra vez, cada vez con más violencia, hasta quedarse sin aliento.
—¡Vamos! —volvió a gritar Matas, mientras intentaba controlar a las bestias.
Pero Friedrich parecía poseído. Alzó la cabeza y en su mirada ardía un fulgor salvaje.
Un soplo brutal avivó aún más las llamas. Friedrich lanzó un juramento de cólera desesperada y, reuniendo la última fuerza que le quedaba, empujó una vez más.
—¡Por mi pueblo! —gritó.
Cayó rendido junto al brocal del pozo. Sus brazos colgaban inertes, reflejados en el agua.
Las aspas comenzaron a girar. El agua emergió con fuerza, desbordó el bebedero y la inundación se propagó de inmediato.
Matas observó el cuerpo de Friedrich tendido junto al pozo. Las pavesas llovían sobre la capota. El incendio le mordía los talones.
El calor quemaba. La respiración le cortaba los pulmones como una navaja. Se cubrió el rostro con una tela mojada y se abrió paso entre el humo hasta llegar al cuerpo.
Lo tomó por los pies y comenzó a arrastrarlo hacia la carreta. Con los ojos llorosos y el rostro congestionado, miró a su alrededor: pájaros alzándose en bandadas, alimañas huyendo a ras del suelo, todo buscando dispersión.
Matas luchaba con el cuerpo en un esfuerzo extremo. En ese instante se libró la batalla más antigua de los hombres: el hambre de supervivencia contra la fuerza incontenible de la tragedia.
Las chispas se le pegaban a la ropa como tábanos ardientes. A lo lejos, otros hombres contrafogueaban intentando frenar el avance.
Entonces las llamas alcanzaron el cuerpo de Friedrich como brazos vivos. Matas vio encenderse su cabello y, en un acto desesperado, lo golpeó con la manta. Pero el hombre ya estaba muerto.
La corteza de los árboles estallaba en virutas incandescentes. Matas se abrió paso entre resplandores y humo.
La retirada se volvió huida.
Liberó a los bueyes del arado, saltó al pescante y giró para marchar sin rumbo, arrastrando la derrota y la soledad en la tiniebla ardiente.