Al fin, al caer la tarde, unas nubes aparecieron en el horizonte, negras y adornadas por la luz del sol. Una esfumación azul coloreaba sus relieves y entre los pliegues destellaban relámpagos. Su avance en el cielo fantaseaba el espejismo de un inmenso barco aproximándose a la orilla.
Mientras anochecía, la tormenta pesaba en la atmósfera. Amarilleando, las nubes ardían en fogonazos. Después, ya casi absorbidas por el crepúsculo, tomaron un color morado y el cielo se oscureció aún más.
El paisaje ardiente se fue sumiendo en un silencio; al parpadear la oscuridad, la tormenta se fundió en el cielo.
Los hombres miraban hacia arriba, preparándose para la tempestad con una angustia que no trataban de ocultar.
El incendio finalmente había llegado a sus límites: el camino, el lago, la huella trazada por los arados. Poco a poco fue cediendo y perdiendo su fuerza; los carros retrocedieron y la noche puso frente a sus ojos la imagen de un enorme brasero.
Las llamas se hicieron cada vez más pequeñas, la tierra dejó de refulgir y los hombres empezaron a ver el fuego atronador del cielo.
La noche levantaba enormes paredes; cada tanto un relámpago abrazaba el paisaje y, hacia atrás, los campos de trigo resplandecían con su luz. Unos segundos después se oía el estampido de un trueno.
La improvisada brigada emprendió lentamente el regreso. Matas, al frente, se deshacía en penosa resignación. Había luchado con todas las fuerzas de su primera juventud y, para estrenar su alma en la catástrofe, había arrastrado el cuerpo de aquel hombre muerto en sus brazos.
La opacidad de sus ojos le quedó grabada para siempre. Años después, cuando siguió a aquel viejo general hasta el norte de España, supo que aquel incendio iba con él a todas partes. Lo había transformado para siempre en un hombre de piedra.
En la desolación de la noche, los caballos y los bueyes, como presintiendo la lluvia, tranqueaban lento, olían el suelo y juntaban las cabezas, como hablándose.
El rumor de la tormenta le empuñaba el corazón; grandes relámpagos lavaban el horizonte. Un trueno reventó como un cañonazo y, bajo las carretas, toda la tierra tembló.
A lo lejos, sobre el arroyo, un rayo dio la señal y empezó a gotear; los animales reaccionaron con violencia y los hombres tuvieron que apurar la marcha para mantenerlos calmos.
Un viento frío los estremeció. El agua comenzó a caer correntosa sobre el paisaje encendido.
En pocos minutos la noche se volvió una nube fantasmal; los carros quedaron encerrados en la humareda y nadie llegaba a ver dónde terminaba el pescante. La asfixia era inminente. Los caballos relincharon hasta perder el control; algunos hombres fueron arrojados de la grupa y pisoteados por la tropilla. Muchos gritaban y maldecían.
Matas, atacado por la tos, intentó mantener la calma, pero la falta de aire lo debilitó de pronto. Se aferró al largo asiento para no caer; sintió frío, calor, debilidad. Se recostó hacia un lado y sintió que la noche tomaba una coloración anaranjada.
La imagen de Friedrich le pesaba en la retina: su cuerpo inerte entre las llamas, que en vano intentaba socorrer arrastrándolo con todas sus fuerzas, con el cabello encendido y los ojos blanquecinos mirando el infinito.
Tosió una y otra vez. El agua caía con fuerza y el ahogo lo hacía rodar hacia la muerte, arrebatado por el horror de dormirse entre relámpagos. El cielo vomitó su tremenda descarga y él, inmovilizado, se entregó a su destino.
En medio del mareo alcanzó a percibir una melodía lejana, solo dos sonidos: Anael…, Anael…
La tos lo despertó en la madrugada, cuando un rayo de sol acarició sus párpados. Vomitó cenizas. Su rostro estaba hinchado y amoratado; el resplandor le hería los ojos como navajazos.
Frente a sí, el negro de la quemazón lo dominaba todo. El silencio gritaba. A su alrededor, los cadáveres se contaban por decenas: hombres, caballos y bueyes yacían tendidos en el barro. Solo once habían sobrevivido.
Cerca del mediodía llegaron al pueblo los cuerpos de las víctimas. La escena fue brutal. Un carro cargado de formas inertes, rígidas, frías. Algunos quemados, otros amoratados por la asfixia.
Un hombre en el pescante y dos detrás revolvían entre la masa humana buscando el nombre requerido por la multitud agolpada alrededor.
¡Kazys!, ¡Jurgis!, ¡Antanas! se oían entre la multitud. Los hombres revolvían la carga mientras los rostros buscados tardaban en aparecer y la espera se volvía insoportable. Algunos estallaban en lamentos. Otros se desmayaban. Otros aguardaban en vano que no fuera el suyo; pero lejos de encender la esperanza de hallarlos con vida, la demora aumentaba la angustia.
En ese momento comenzaba un tormento particularmente sádico y atroz: el de la incertidumbre.
Alrededor del carro se agrupaban los perros, como para disputarse un botín. Helene los observó con los ojos inundados de lágrimas y los echó a piedrazos. No por furia hacia las bestias, sino por sostener el único acto de resistencia en defensa de la dignidad de aquellos hombres que habían dejado la vida entre las llamas y el humo para que otros vivieran.
Friedrich estaba allí; no se hizo esperar. Dos hombres tomaron su cuerpo y lo arrastraron por las calles. Helene caminaba firme, con una leve debilidad en las piernas; el peso de su historia juntos se hacía sentir. A su lado, la pequeña Gwen marchaba sigilosa, entristecida, aferrándose a los remiendos de su alma.
Ya en la casa organizaron el sepelio. Un cajón de madera que había servido para transportar una prensa bastó para albergar su cuerpo inerte. Lo colocaron en el centro de la sala y a su alrededor dispusieron la capilla ardiente. Colocaron velas de cebo y algunas flores, y dispusieron sillas alrededor. Unas pocas no fueron suficientes.
Toda Šilas y Kaunas se sumergieron en una noche de luto. El silencio se hizo más grave y, en una lluvia inversa, las lágrimas ascendieron desde la tierra al cielo.
Una procesión recorrió las calles, ingresando a cada casa para despedir a los difuntos. Todos se abrazaron, intercambiaron bendiciones y consuelos que hubieran sido en vano si no hubieran nacido de un dolor compartido.
Ahora los unía la ausencia y el compromiso de no quedar por debajo de su sacrificio.
Gwen no sabía lo que era morir; aprendió que ya no podía esperar el regreso. Esa noche salió de las manos con otros vecinos, integrando el grupo de niños desvelados por la tragedia, que visitó las decenas de casas de duelo.
Todo el pueblo lloró.
Por la madrugada, apenas antes de aclarar, alzaron a los difuntos y en caravana los llevaron al cementerio. Unos pocos en cajones de madera, otros envueltos en mantas, cargando palas y herramientas.
Marchaban recitando oraciones; un murmullo se alzaba sobre la multitud mientras las antorchas abrían paso en la oscuridad para acompañar a aquellos hombres a la luz eterna.
—En medio de la noche no temeré, porque la luz de la gracia divina estará conmigo —sentenciaba la voz de una mujer.
—Así será —respondía el grupo a coro.
—Cuando camine en el valle de la muerte no sentiré temor, porque la gloria estará conmigo.
—Así será —repitió el coro.
Se abrieron las puertas y el cortejo ingresó. Las palas se clavaron en el barro. Al rítmico palear lo acompañaba un murmullo de voces y llantos. Así, en el albor de la madrugada, iba creciendo una sinfonía de muerte que acompañaba el adiós tras la tragedia.
Gwen observaba en silencio. Cuando terminaron la excavación colocaron uno a uno los diecisiete cuerpos. De los veinte hombres que habían partido de Šilas; solo tres habían regresado con vida.
La niña alzó los ojos y frente a sí observó la figura escuálida de un hombre desconocido. Enlodado y tiznado, parecía haber pasado muchas horas en la lucha. Estaba allí; solo miraba de un lado a otro mientras se rascaba la cabeza. Al observar a la niña, sonrió, y una mueca de horror se dibujó en su rostro.
Ella lo miró en silencio y una ráfaga de viento acarició su cabello. Todo se esfumó por un instante. El hombre abrió la mano lentamente y le dejó ver una placa de su xilófono.
Gwen quedó suspendida en el silencio. La mano de su madre la arrebató del trance.
—Vamos. Tenemos que empezar la vida nuevamente —sentenció, y arrastrándola de la mano se dirigió hacia el acceso.










