Capítulo 3. Parte VI.

Al fin, al caer la tarde, unas nubes aparecieron en el horizonte, negras y adornadas por la luz del sol. Una esfumación azul coloreaba sus relieves y entre los pliegues destellaban relámpagos. Su avance en el cielo fantaseaba el espejismo de un inmenso barco aproximándose a la orilla.

Mientras anochecía, la tormenta pesaba en la atmósfera. Amarilleando, las nubes ardían en fogonazos. Después, ya casi absorbidas por el crepúsculo, tomaron un color morado y el cielo se oscureció aún más.

El paisaje ardiente se fue sumiendo en un silencio; al parpadear la oscuridad, la tormenta se fundió en el cielo.

Los hombres miraban hacia arriba, preparándose para la tempestad con una angustia que no trataban de ocultar.

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